
Sí, sé que tengo muy abandonado esto. Soy un asco de persona. Lo bueno es que desde el título del sitio lo aclara, de lo contrario se llamaría Escribo Bien Seguido Aquí.
Tengo semanas con este tema en la cabeza, pensando la entrada perfecta, el desarrollo, la forma de contar la historia, en fin, quería que fuera un texto perfecto, pero si algo he aprendido en mi carrera como periodista y como blogger, es que mis textos, mientras menos pensados y planeados, mejor. Así que ahí va, como salga.
Desde que cumplí la mayoría de edad me hice aficionado a los lugares de sano entretenimiento para caballeros, tugurios, lupanares, despachos contables, como quieran llamarles. Y lo digo abiertamente: ¡me encanta el tubo!
El ambiente, la complicidad de los caballeros que asisten, el alcohol -que siempre he pensado que en esos lugares sabe diferente- la manera en la que te tratan las chicas, sin importar si eres muy bajito, muy flaco, gordo, aburrido, nada interesante, muy fresa, muy mamón... para ellas eres un cliente en potencia y tienen que hacer su labor de venta.
Es tiempo de hacer la aclaración de que nunca en mi vida he pagado por sexo... ahora que, si nos apegamos al concepto de "pago por sexo" de mi amigo Genaro, sí he pagado. Y muy caro: cenas, salidas, comidas, paseos... ya saben, todo lo que incluye una relación seria y formal, ahora matrimonio, en mi caso.
Sin duda los mejores recuerdos de salidas con amigos, son a esos lugares. Cadillac, Farenheit, Solid Gold, Manhatan, Royal, Excalibur, Exxxcess, SaraO son los nombres que están grabados en mi memoria. Con amigos, hermano, cuñado... fabulosas salidas.
Aun cuando en realidad sólo pongo atención a la pista los primeros 20 o 30 minutos por la novedad y ya después me dedico a echar trago y al ambiente con mis secuaces (ay cómo me gusta esa palabra: secuaces) me encanta. Sin embargo, mi cerebro no deja de funcionar y pasa por mi mente la interrogante de qué pensará cada una de las chicas que cadenciosamente se mueven y restriegan en el tubo, el motivo que cada una de ellas tuvo para terminar en un empleo así, cómo eligen a sus clientes, y el qué sienten que cientos de ojos lascivos saboreen a distancia cada milímetro de su piel.
Como generalmente no me gusta hablar con ellas o incluso que se me sienten en las piernas -perdón, pero el sentir su piel sudorosa e imaginarme cuántos otros tipos antes que yo las tocaron, me causa un poco de repulsión- nunca había saciado mi curiosidad, hasta hace unas semanas que fue mi despedida de soltero.
Sé que quieren saber qué sigue, pero tengo que irme, así que esta historia tendrá que ser en dos partes.
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